Recordé que siempre seré aquel tipo que siempre se pone nervioso cuando te ve, sólo atine a decir una palabra el día que por fin me animé a hablarte, sobre todo porque debía armarme de valor para poder hablarte. Y sólo llegué a decir "Copias".
Recordé el inmenso marco de flores que quise hacer para tu llegada, mi pobre presupuesto me lo negaba, así que me encaminé a la tienda de flores muy temprano y casi ayudé a la señora de la tienda a abrir su negocio. Con una gran sonrisa le pregunté : ¿Qué puedo hacer con Ocho soles?
La dueña me miró sonriente y como quien no quiere la cosa, me preguntó; ¿Es para tu novia, cierto?
Asentí tan rápido como la cabeza me lo permitió, por lo cual me dio unas bonitas rosas, me hizo rebaja, me dio unos consejos y hasta me bendijo. Aún recuerdo lo que me dijo; Siempre sorpréndela y si es con flores mejor.
Corrí a dejarlas a casa, lo más rápido que pude. Tenía todo calculado y debidamente cronometrado, si quería que todo salga bien no debía fallar ni demorarme en nada.
Llegué y limpié toda mi casa, hice el mejor trabajo que hice nunca, no soy bueno aseando casas pero esta vez me sorprendí de lo bien que me quedó.
Una vez dejé todo listo me fui a recogerla. Tomé el carro que me llevaría al punto de encuentro, al verla a la distancia me quedé helado, hasta ahora me quedó helado cuando la veo. Hermosa como una ninfa, de cabellos rojisos como el atardecer y una sonrisa angelical que hace suspirar a los mismísimos Querubines. Ella estaba tan o más nerviosa que yo, me lanzó una de esas miradas que dicen todo; un claro "Yo me regreso a mi casa". Debía hacerla cambiar de opinión.
Sonreí de puro nervioso, le señalé el carro de regreso a mi casa y le dije: Vamos, no te comerán. Me dijo que sí, sólo se movió en dirección al bus y nos encaminamos a mi casa.
No hablamos durante el camino a mi casa, la miraba de reojo, me preguntaba si estaba apurando demasiado las cosas y miles de cosas más. El camino se hizo corto de tanto pensar.
Al fin llegamos.
Al llegar a mi casa, subí las escaleras rápido y le dije que esperara un momento.
Volví a subir las escaleras, tropecé en el último escalón y introduje de manera apresurada la llave en la puerta de entrada, respiré profundo e ingresé a mi casa.
Mi madre se sorprendió cuando me vio entrar a la casa con cara de asustado, me preguntó; ¿Ella está aquí?
Sólo atiné a mover la cabeza de forma afirmativa, ese día fui para nada comunicativo sólo movía la cabeza en señal de afirmación o negación, luego, corrí a mi habitación me lancé a mi cama, revisé las flores, el ambiente y aroma, luego, cogí el pequeño ramo de rosas, respiré profundamente y me persigné.
Su sonrisa al verme, hasta ahora la recuerdo, ella llenó el comedor con su luz, creo que nunca he hecho algo así por nadie, mi madre nos dejó al vernos al rostro. Sólo eramos ella y yo, el mundo se acabó en ese momento y la luz se congeló, el tiempo nos regaló un momento y hasta creo que la tierra no giró por un instante, su sonrisa me conmovió.
Nunca le importo, lo que yo consideraba un pobre detalle, sino el acto, el hecho de que yo la hice feliz. Por un instante en su vida se sintió la mujer más importante del mundo, en realidad siempre fue lo más importante de mi mundo...

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